Hablar de adicción suele ir acompañado de juicios, etiquetas y diagnósticos. Sin embargo, desde un enfoque humanista, especialmente desde la terapia Gestalt, la mirada cambia profundamente: la adicción deja de verse como un “defecto” y comienza a entenderse como una respuesta de supervivencia ante un ambiente desregulado.
La Gestalt parte de una idea esencial: todo síntoma cumple una función. Ninguna conducta aparece porque sí. En este sentido, la adicción puede comprenderse como la mejor estrategia que la persona encontró —en un momento determinado de su vida— para autorregularse cuando su entorno no ofrecía sostén emocional suficiente.
Cuando el ambiente no regula, el cuerpo busca hacerlo, porque un ambiente desregulado puede implicar muchas cosas:
- vínculos inseguros
- experiencias de trauma
- invalidación emocional
- estrés crónico
- carencias afectivas.
Cuando el entorno no ayuda a modular emociones como el miedo, la tristeza, el sufrimiento o la soledad, el organismo busca alternativas. Desde la perspectiva gestáltica, la persona intenta restablecer su equilibrio. El consumo de sustancias o ciertas conductas adictivas (juego, comida, tecnología) pueden funcionar como intentos de anestesiar el dolor, calmar la ansiedad o llenar un vacío relacional. Es decir, no se trata de autodestrucción, sino de autorregulación disfuncional.
El papel del placer y el circuito de recompensa.
A esta comprensión humanista se suma un componente neurobiológico clave: el circuito de recompensa. Este circuito es indispensable para la supervivencia de todos los mamíferos. Estructuras como el sistema dopaminérgico —especialmente el núcleo accumbens— están implicadas en la experiencia de placer y motivación. Cuando una persona consume una sustancia o realiza una conducta que activa intensamente este circuito, experimenta alivio y bienestar inmediato.
El problema no es el placer en sí. El placer es una necesidad humana básica. El organismo está diseñado para buscar experiencias gratificantes. En contextos donde el afecto, la seguridad o la conexión no están disponibles, el sistema nervioso puede “aprender” que la sustancia o conducta es la vía más rápida para acceder a esa sensación de bienestar. Desde la Gestalt, esto no se patologiza, se comprende. La adicción no es el enemigo; es una señal. Señala que algo en el entorno o en la historia relacional de la persona no permitió unaregulación saludable.
Acompañar en lugar de juzgar.
Un abordaje gestáltico no se centra únicamente en eliminar la conducta, sino en ampliar la conciencia: ¿qué necesidad está intentando cubrir la adicción? ¿Qué emoción no está pudiendo sostenerse? ¿Qué recursos faltan?
La recuperación implica crear nuevas formas de contacto, nuevas experiencias de placer más integradas y vínculos que regulen en lugar de desbordar. Implica también aprender a habitar el malestar sin anestesiarlo.Mirar la adicción desde esta perspectiva humanista nos invita a sustituir el juicio por comprensión. Porque, en el fondo, muchas adicciones comenzaron siendo un intento desesperado —y profundamente humano— de sobrevivir.
Marina González.





